
Al final del día, y entre infinitas batallas contenidas, descubrió que el dolor que sentía, reflejaba el sentimiento de sentirse corrompida por desear, una vez en la vida, pensar en alguien más. Era acertado que la canción que aún sonaba en su cabeza era otro burdo intento por intentar autoconvencerse, autocomplacerse, por volver a amar a quien definitivamente no lo merecía, y le enfurecía saberlo, ver la cruda realidad y no la mágica fantasía. Después de todo sabia que aquél cálido principiante seria, al fin y al cabo, simplemente uno más. Cuando el reloj marcaba las doce y la medianoche se tornaba cada vez más fría, se sentó cerca del fuego una vez más a tocar el piano, conservando la mente en blanco, perteneciendose y pensando en no amar a nadie más.
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