Yo, desde mi asiento, la observo y pienso como dedicarle una historia, como escribir y que sea ella, pues la vida, a base de tortas, le ha adjudicado del nombre de 'la chica del autobús' porque siempre huye, porque nunca quiere seguir viviendo, ni para ella, ni para nadie.
Maleta en mano, subió al mismo autobús que yo, una vez más, y perdió sus largos, finos y heridos dedos en su bolso, buscando los noventa céntimos que le llevasen a la libertad. Se hizo esperar, aunque en realidad no hay nada más en aquel bolso... Solo le quedan monedas, escasas monedas... Ahora eso es lo que tiene, y lo va a perder, por un billete de ida, pero nunca de vuelta... Esta sería la última vez que la vería, lo sé, y ella también lo sabía. No regresaría más, no volvería a mirar atrás.
Entra, se sienta y pierde la mirada a través del cristal mojado y lleno de diminutas gotas. Desde un coche le sonríen y ella vuelve la vista atrás. No quiere sonrisas en ese momento, así que vuelve con su pasado y su presente a perderse entre las calles de la gran cuidad. Es casi Navidad y eso la enloquece mucho más...
Yo la sigo mirando y me lamento de no llevar papel para escribir en ese momento su historia. Entonces ella se levanta, coge la maleta de recuerdos y suplica, con el corazón en la mano, poder bajar. Aprieta tantas veces al botón de bajada, que pienso cómo puede tener tanta fuerza esa pequeña persona a la cual le dedico esta historia, su historia.
Sus ojos humedecidos quieren huir, quieren volver para que los amen y los curen, quieren dejar de perderse en un sitio diferente cada vez que algo sale mal.


